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Viernes, 15 Julio 2016 02:36

El estrés según Kelly McGonigal

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El Estrés y salud

El término estrés fue definido por primera vez desde la perspectiva de la medicina por Hans Seyle en 1950 como la respuesta biológica inespecífica, estereotipada mediante cambios en el sistema nervioso, endocrino e inmunológico lo que denominó como síndrome general de adaptación (citado por De Cordova). 

En la actualidad, el estrés está considerado como el factor causal de algunas enfermedades y el desencadenante de otras. Pero también es considerado fundamental como instrumento movilizador de recursos intrínsecos imprescindibles para la supervivencia y/o necesarios para la ejecución de determinadas tareas. Numerosos son los conceptos que en la actualidad se manejan pero no podemos obviar el planteamiento de no pocos autores que lo vinculan con la sintomatología de la ansiedad al definirlo como respuesta vivencial, fisiológica, conductual, cognitiva y asertiva.

 

Respuesta biológica del estrés

            El estrés genera unas demandas en el organismo que implican cambios hormonales cuantificables. Cuando estos cambios están correlacionados con las normas fisiológicas del sujeto, se habla de buen estrés o eustrés, fundamental para el desarrollo de determinadas tareas, la adaptación del organismo a las circunstancias cambiantes del entorno y el medio en el que se desenvuelve. Pero cuando las demandas son prolongadas, excesivas o intensas, por encima de la capacidad de resistencia y adaptación del organismo, se denomina distres o mal estrés, que aun cuando dicha respuesta orgánica pudiera ser agradable, afecta al eje neuroendocrino y posteriormente al endocrino, afectando seriamente a la salud del individuo. También existe un planteamiento de estrés “atribucional”, emocional, en el que la interpretación de los estímulos y los órganos de percepción externos provocan la puesta en marcha del eje hipotalámico médulo adrenal o cortico adrenal y el sistema de neurotransmisores a nivel del SNC. Los diversos factores causantes del estrés desencadenan la liberación de catecolaminas y/o glucocorticoides como respuesta rápida y/o lenta gracias a las vías autónomas y neuroendocrinas.

La actividad laboral y social en las sociedades desarrolladas industrializadas nos lleva al permanente estrés emocional y/o psicológico no siendo posible en gasto energético necesario, producto de las vías anteriormente mencionadas. Así, circunstancias frecuentes no cotidianas como un examen, una desavenencia, un informe laboral un éxito inesperado o una frustración, real o aparente, puede provocar cambios cardiovasculares, inmunológicos, energéticos entre otros, preparando al organismo para una situación lucha/huida que no siempre se produce. Estos constantes cambios funcionales pueden provocar una disfunción en determinados órganos que tendrá una mayor incidencia en función de aspectos de personalidad del individuo, entre otros.

Fisiología del estrés

            La fisiología del estrés es compleja por los diferentes factores que le afectan. Además de estructuras del organismo involucradas (eje neural, neuro – endocrino,  endocrino), va a verse afectada la respuesta por el proceso cognitivo realizado en base a la percepción individual de la situación.  Así, como primera reacción a un estresor, tras un proceso cognitivo, el sujeto obtiene una vía de respuesta rápida, casi inmediata, que facilita la huida o la lucha. Esta respuesta se obtiene del sistema simpático adrenal. Cuando esta respuesta llega al hipotálamo, provocará la liberación por vía simpática de catecolaminas.

La segunda respuesta, más lenta, mas tardía y continua es la activación neuro endocrina o vía cortico adrenal (secreción de corticoides). Esta vía se activa a partir del hipotálamo después de recibir la misma información del estresor que libera un polipéptido conocido como Factor de Corticotropina (CRF) que activa el lóbulo anterior de la hipófisis provocando la liberación de adrenocorticotropina, estimulando en la corteza de las glándulas suprarrenales liberación de cortisona, hidrocortisona y corticosterona, entre otras.

Estrés y personalidad (patrones de conducta)

            Los factores estresores pueden ser los mismo para una variedad de individuos pero la vía elegida ( sistema simpático adrenal o vía neuroendocrina), la intensidad y la forma de reaccionar previa cognición está marcada por el perfil psicológico.

Los individuos con patrones de conducta tipo A tienden a reaccionar por la activación del sistema simpático adrenal, mientras que los sujetos con patrón de conducta tipo C tenderán a la vía neuroendocrina.

            Los sujetos con perfiles de conducta tipo A, (respuesta sistema simpático adrenal) muestran hiperactividad, irritabilidad, son agresivos, hostiles (posiblemente el elemento más perjudicial), impulsivos, impacientes, tensos, competitivos, ambiciosos, bien con su entorno o con ellos mismos, con relaciones interpersonales problemáticas y con tendencia a la dominancia. Este patrón fue identificado por los cardiólogos Meyer Friedman y Ray H. Rosenman (1.959) como “típico de los varones jóvenes con cardiopatía isquémica”. Poseen mayor predisposición a cardiopatías por la activación de las catecolaminas, elevado índice de colesterol LDL y disminuido el HDL. Muestran tendencia a la obesidad, hipertensión y facilidad al nicotinismo.

            El patrón de conducta tipo C, propio de introvertidos, obsesivos, pasivos, resignados apacibles, que interiorizan su respuesta al estrés, extremadamente cooperativos, sumisos y conformistas y necesitados de aprobación social. Este perfil tiende a reumas, infecciones, alergias, afecciones dermatológicas e incluso a cáncer (inhibición inmunológica). Los sujetos con patrón de conducta tipo B, son en general, tranquilos, confiados, relajados, abiertos a las emociones incluidas las hostiles. Se tiende a mostrar como la antítesis del perfil A. También soportan estrés pero no les causarán importantes daños físicos

            La personalidad resistente (Kobasa, 1980) muestra un planteamiento positivo que expone un modelo que permite el estudio de las pautas de comportamiento que nos hacen resistentes y poder transmitirlas a quienes no las poseen. La autora la define como “la actitud de una persona ante su lugar en el mundo que expresa simultáneamente su compromiso, control y disposición a responder ante los retos” (Kobasa, 1979; Kobasa, Maddi y Kahn, 1982). En ella destaca el compromiso (tendencia a comprometerse), control (sentir, pensar y actuar como alguien importante con capacidad para responsabilizarse de lo que está viviendo) y reto (cualquier cambio es una oportunidad). Estos rasgos fueron evaluados mediante estudios que corroboraron que “la personalidad resistente es más efectiva cuando se conjuga con apoyo social y ejercicio físico; e independiente de la frecuencia y gravedad de los acontecimientos vitales estresores, como de la edad, educación, estado civil y nivel laboral” (Kobasa, 1982). La personalidad resistente ha demostrado que quienes la poseen gozan de mejor salud, mayor rendimiento, y satisfacción laboral, menos sintomatología psicológica de estrés y por ende, mayores cotas de salud

            El Neuroticismo/ansiedad, son características directamente relacionadas con el estrés. Personas que tienden a sentirse inseguros, más aprensivos más susceptibles a mostrar síntomas de ansiedad. El neuroticismo “engloba un amplio rango de estados de ánimo aversivos, que incluyen ira, repugnancia o disgusto, desprecio, culpa, aprensividad y depresión...” (Watson y Pennebaker, 1.989). José María Peiró: “En realidad, el Neuroticismo/ansiedad-rasgo parecen desempeñar su papel fundamental en la percepción del estrés, ya que predisponen a estados de inquietud acerca de la incertidumbre de los sucesos” (1.993). Son numerosos los estudios que aportan la evidencia de que el neurotiscismo/ansiedad ya que las personas que perciben los  estímulos como mas amenazantes y ansiógenos más vulnerables serán al estrés, acomodándose en un permanente estado de activación del eje neuro endocrino y del eje endocrino.

            Por último, dentro de la psicología de la salud se extiende la opinión de que algunos factores de personalidad están relacionados con la incidencia de la enfermedad física (Eysenck, 1994), entre los que destaca el optimismo disposicional, diferenciándolos del concepto de control y autoeficacia, y que versa sobre la creencia de que el futuro depara más éxitos que fracasos. (Carver y Scheier, 2001; Chang, 2001; Scheier, Carver y Bridges, 2001). El optimismo disposicional incluye las expectativas de control sobre los resultados de nuestras acciones, la posibilidad de alcanzar buenos resultados en el futuro  y un cierto componente de eficacia personal. (Gillham, Shatté, Reivich y Seligman, 2001). Estas creencias podrían ser beneficiosas para la salud ya que posibilitan y favorecen los procesos de ajuste vital de los individuos. (Scheier y Carver, 1992).

            El optimismo disposicional ha sido identificado como un índice de buen pronóstico y recuperación en pacientes coronarios (Davidson y Prkachin, 1997; King, Rowe, Kimble y Zerwic, 1998; Shepperd, Maroto y Pbert, 1996) y cancerosos (Friedman, Weinberg, Webb, Cooper y Bruce, 1995; Johnson, 1996; Schou, Ekeberg, Ruland, Sandwik y Karesen, 2004).

Se ha podido constatar que la negación y la evitación suponen un freno y retroceso en los resultados esperados con tratamiento para fases avanzadas de enfermedades hepáticas, cáncer o infarto de miocardio, bien por la búsqueda tardía de solución médica (Lazarus, Cohen, Folkman y Schaefer, 1980; Moreno, 1985) bien porque conducen a la intensificación y cronificación de estados emocionales negativos considerados de riesgo que facilitan el empeoramiento del estado de salud del enfermo (Kunzerdorff, Wilhelm, Scholl y Scholl, 1991). Tambien se ha observado en estudios realizados con enfermos de cáncer que aquellos definidos como pesimistas mostraban un mayor número de acciones de afrontamiento pasivo, como la negación de la situación y la evitación cognitiva (Carver et al, 1993; Stanton y Zinder, 1993), y una mayor afectividad negativa (ansiedad y desesperanza/indefensión), (Schou et al, 2004). Numerosos estudios ratifican  la conclusión que asevera que el pesimismo disposicional, en contraposición al optimismo disposicional, está asociado con un peor estado de salud física (Chang, 1998; Chang et al, 1997).

      Conclusión y reflexión personal

      Kelly Mcgnigal muestra las ventajas de un cambio de percepción de un estado del individuo respecto al entorno, a su propio estado y a las amenazas provenientes del exterior o del propio individuo. Para ello se basa en un estudio en el que se presenta la hipótesis de que es más determinante en la relación sobre estrés/mortalidad la percepción subjetiva que el individuo hace del estrés como situación amenazante para su salud, que de los niveles de estrés soportados.

Para ello, se basa en los efectos positivos que proporcionan una adecuada percepción del estrés, produciendo efecto vasodilatador propio de emociones como la alegría contra los efectos constrictores en los vasos sanguíneos propios del estrés. Es decir, al modificar el reconocimiento del efecto del estresor, se modifica la reacción del cerebro produciendo por tanto efectos diferenciados. Para ello, no considera los diferentes rasgos de personalidad no los diferentes patrones de conducta. Estos son en si uno de los elementos determinantes en la percepción del estresor, de su proceso cognitivo y por tanto de su reacción psicofisiológica. La hipótesis ofrece ventajas pero no plantea cómo solventar la dificultad dada  en el propio sujeto que debe aprender a ver el estrés como instrumento en vez de cómo riesgo, visión, percepción, ya condicionada por su propio perfil de personalidad. Para ello, posiblemente se debiera analizar dentro de los diferentes rasgos de personalidad la forma de reducir o atenuar los efectos de estos, trabajando en acción paralela sobre la percepción subjetiva de los estresores  y el beneficio que genera el cambio de perspectiva respecto al estrés. Por esto he considerado interesante apuntar a la personalidad resistente como perfil a estudiar y seguir en cuanto a las características que le llevan a su “relativa inmunidad”. 

 Por último y respecto a la oxitócina, se conocen las grandes ventajas que aporta presentándola como un elemento importante, casi determinante en la gestión del estrés. Sin haber profundizado en la materia de este oligopeptido de solo 9 aminoácidos que se genera en el hipotálamo y se almacena en la hipófisis, es tratado generalmente como hormona por su papel fundamental en las contracciones de parto y la secreción de leche materna. Pero también es un neurotransmisor que implica comportamientos de confianza, generosidad, altruismo, formación de vínculos, de cuidado, de empatía y compasión. Interviene en comportamientos de agresión, inhibición del miedo, en el aprendizaje, la memoria, en materia sexual, en el reconocimiento facial y emociones de otras personas. Activa los centro de recompensa dopaminérgicos produciendo placer. Se produce durante los orgasmos y permite la eyaculación y las contracciones uterinas. Se relaciona con la monogamia y la fidelidad, las relaciones de pareja. Facilita cohesión de grupos y relaciones sociales. Pero también está relacionada con las adicciones, la depresión, la esquizofrenia, el síndrome de intestino irritable, y algunas afecciones cardíacas. Juega un papel fundamental en la regulación del estrés, y se cree que está implicada en la regulación del sistema inmune y en el endocrino, en los procesos inflamatorios y hasta en algún tipo de cáncer. La oxitócina se produce de forma natural cuando hablamos con seres a los apreciamos, con personas que nos quieren, cuando nos acarician, cuando nos abrazamos. En todas las relaciones humanas hay oxitócina.

      Parece aventurado asegurar que dado que en situaciones de estrés se produce mayor cantidad de oxitócina y esta es tan beneficiosa, aceptar elevados niveles de estrés condicionado por la percepción de que este no es dañino necesariamente para la salud, nos va a aportar una protección extra contra las enfermedades asociadas al propio estrés. Se debiera profundizar en el estudio de investigaciones ya realizadas y sin duda abre un importante campo a desarrollar. No obstante si que parece plausible que, dado que la personalidad condiciona el nivel de estrés al que nos sometemos y la relación del organismo con los efectos de este, si el individuo acepta ese nivel de estrés sin valorarlo como riesgo para su salud y como elección de algo que le aporta un elevado grado de satisfacción, posiblemente se perciba la situación como menos estresante, los factores estresores intervengan en menor medida, la percepción subjetiva de la situación relaje la intensidad del estrés y por ende, los propios riesgos para la salud.

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